Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (4.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (4.ª parte)

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Renuegsor, H’antogsor y el más anciano, Jomregsor, penetraron vivos en el mundo antiguo.

***

Miles de brujas de todos los países, edades y niveles de preparación entraron y salieron y experimentaron en primera persona el contacto con la magia original. Miles de vivencias que cruzaron el continente a través de la roca madre y se perdieron en su mayor parte en esa vorágine.

–¡Hay que romper el vínculo que nos ata!

–¡La magia original no es nuestra magia y no puede imponernos sus creencias!

–¡Volvamos a la unidad!

–¡Estoy de acuerdo con las mellizadas rebeldes! ¡Ayudemos a la magia original!

–¡Aprovechémonos de los conocimientos que nos brindan para perfeccionarnos!

–¿Es que no tienen nada que aprender de nosotras?

–¡El hechizo es maligno, nos hará lo mismo que al mundo original!

–Si no podemos unirnos entre nosotras, ¡cómo nos vamos a unir a los hechiceros!

–¡Y menos a una magia anquilosada!

–¿Alguna ha podido comunicarse con algún habitante del otro mundo? ¡Me parece demasiado sospechoso!

Más allá del desconcierto y de las diferencias de opinión sobre los pasos a dar, fueron pocas las voces que negaron radicalmente la existencia del otro mundo y tomaron los hechos por un engaño; la mayoría de quienes defendieron aquella postura simplemente se habían negado a participar en la experiencia, y esto les restaba credibilidad a los ojos del resto de las brujas.

La amenaza de las triadas de “condenar y perseguir a todas las herejes que se atrevieran a seguir la locura de las mellizadas traidoras” quedó en poco más que residuales comentarios cebados con impotente resentimiento ciego, a la luz de los acontecimientos y la masiva participación.

Así pues, y más allá de las posturas encontradas, se elevaba el hecho de que el mundo era más complejo de lo que conocían, y tenían que enfrentarse a esa nueva realidad.

Bastantes se unieron a la “rebelión de las mellizadas”, más o menos abiertamente, la mayoría para proponer que el hechizo se estudiara y se modificara para que ambos mundos se separaran definitivamente y así atenuar los daños. También defendieron modificaciones en la extrema dureza de los castigos a ciertos comportamientos personales, e incluso en algunos casos la despenalización, pues en alguna ocasión se encontraban injustificables ciertas obligaciones, como tener que elegir a edades tan tempranas y no poder desdecirse más adelante, o incluso tener que elegir, sin más.

La reacción fue bastante importante, aunque algo menos sólida que lo hubiera sido unos días atrás.

***

La mayor parte de los hechiceros cruzaron y se transportaron a Nmadhrad. Tuvieron que ser expulsados del mundo original, porque no querían abandonarlo, la magia allí era demasiado poderosa para dejarla de lado; la escisión les había separado de una manera abrupta, dejándoles incongruencias ocultas bajo el afán de control que significaba en el fondo su propio poder.

Por primera vez, regresaban a la vida con la conciencia de la pérdida y del daño que provocaban al ejercer sus hechizos. También en su magia percibieron novedades, después de tanto tiempo de separación, pero la mayoría acentuaban la brecha y el dolor.

Incluso en aquellas circunstancias, no se pusieron de acuerdo. Una parte minoritaria, pero numerosa, apuntó a la acentuación de la diferencia, porque en ella residía la esencia del camino que habían tomado; la magia de los hechiceros no solo era diferente a la de las brujas y a la original, sino más fuerte, así que era inevitable que causara algún daño; habría que tomar medidas para proteger a los débiles, pero no tendrían piedad con los engendros que cuestionaban abiertamente esa realidad y querían subvertirla. La mayoría veía demasiado peligroso cualquier cambio inmediato, tal vez con el tiempo, si las circunstancias lo permitían… Aunque se negaron a aceptar que sus hechizos fueran la causa principal del sufrimiento de Nmadhrad y la gente de Hafalne; era muy sencillo culparlos solo porque tenían más poder que las brujas, seguramente era una campaña de las mellizadas, que fueron quienes misteriosamente destaparon todo el asunto. Otra minoría menos numerosa, por fin, defendía que si la situación implicaba tanto sufrimiento para tanta gente, incluida mucha de su propio mundo, lo más urgente era intentar remediarlo sin demora, tomando medidas diferentes en ambas realidades.

Zenelsor se entrevistó con Hafalne en la casa de este.

–Has utilizado a Ábrisan como ariete con que penetrar en nuestro mundo, pero te has precipitado al invitarnos a pasar al tuyo –el hechicero se negó a los formulismos y delicadezas que no servirían de nada–. Eso me lleva a pensar que verdaderamente te queda poco tiempo.

Hafalne, cuyo agotamiento era evidente, no contestó.

–Incluso en estas circunstancias muestras tu orgullo. ¿Merece la pena, cuando tu mundo está a punto de acabar, cuando después de que te sumas en la inconsciencia solo quedará el dolor? Las magias han tomado sus propios caminos, y sus practicantes no van a arriesgarlos por nada ni por nadie. ¡Pronuncia el hechizo! Yo te ayudaré a pulirlo, y seguro que alguna mellizada se sumará si es necesario. ¡No puedes esperar a que todo el mundo esté de acuerdo!

Solo entonces Hafalne dibujó una sonrisa que no borró las muestras ostensibles de sufrimiento.

–Ahora estás iniciando el camino –dijo.

***

Reghina siguió los pasos de Lieneia para ejecutar el conjuro. Era tan extraño. La magia con Elsar había sido un juego, la primera vez que podía dar rienda suelta a aquello que sentía, y conocer a Ábrisan fue como un reencuentro con algo largamente perdido. Su madre-madre siempre le había dicho que no se fiara de las brujas, que debía guardar el secreto de lo que era y sobre todo de lo que llevaba dentro. Por eso se había alegrado tanto al descubrir que Ábrisan era un hechicero, no una bruja, aunque su magia olía mucho más grande; le costó aceptar que, a pesar de las similitudes –nunca nadie se había parecido tanto–, no eran idénticas. Isla Raíz le había proporcionado una delimitación mucho más exacta de las diferencias entre las magias conocidas; se divirtió con las aprendices y su inocencia casi intacta. El olor agrio de las triadas y los hechiceros le daba miedo, el propio Hécsor, que se ocultaba en el interior de Ábrisan como una araña al acecho, le aterrorizaba.

Cuando pasaron al otro mundo, la magia que había allí le produjo una gran alegría, era grande y espléndida, como los abrazos de la madre de su madre el único día que la conoció, y, como aquella, antigua. Los juegos compartidos en medio de aquella magia estancada sirvieron para comprobar lo novedoso de su propia magia –como en menor medida la de Ábrisan– y lo ajena que le resultaría una persona como Hafalne; le gustaría poder ayudarla a evolucionar, a crecer, como deseaba, pero no tenía la seguridad de que fuera capaz de ello.

Le gustaba Lieneia porque quería aprender. Era una bruja, pero había permitido que la magia de Hafalne la complementara, tomando lo necesario y desterrando lo superfluo, aunque la pobre pensaba que sus fracasos eran errores. Deberían haber hablado más, ella y Ábrisan. El resultado era una magia extraña, una mezcla de las brujas y del origen, con un poco del poder de los hechiceros. En este mundo escindido, era una vía posible y amigable, abierta a lo nuevo.

Reghina repitió el conjuro y puso solo un poquito de su parte para que Lieneia pudiera asumirlo sin mayores cuestionamientos.

–¡Muy bien, Reghina! ¡Igual has descubierto un nuevo ángulo para acercarte al agua de las piedras! –Y le dio un gran abrazo.

Todo el mundo era muy amable con ella y con su prejia, aunque echaba de menos a Ábrisan.

Iba a ser un largo camino, si había tiempo para ello.

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