
Hoy hace dos semanas que falleció José María Rodríguez Arias, en un accidente de carretera en el que también se vio implicada Lidia, que sigue en la UCI. José María, Chema, es un amigo y un compañero con el que he compartido y del que he aprendido muchas cosas. Le conocí por casualidad un día que me acerqué a Asecal para preguntar por otra persona; no estaba y no me supo decir cuándo volvería. Regresé otra vez y obtuve la misma respuesta. De esa experiencia no saqué gran cosa, excepto que me era vagamente familiar.
A los pocos días me enteré por Mónica, también por casualidad, de que era su primo. Mónica, María Eugenia, Judit, seguramente tres de las personas que más habían influido positivamente en mi vida hasta ese momento, incluso en la distancia. ¿Y ese joven era su primo? Mónica me contó algunas cosas que me sorprendieron: era un friki de la informática, de los juegos, de formación en leyes como María Eugenia, leía mucho y trabajaba en protección de menores. Firmaba sus cómics como Jomra. En esa conversación lo tuvimos claro: había que invitarlo a participar, si tenía tiempo, en el voluntariado de Santo Toribio (ST). Con el tiempo descubrí que esas características solo eran parte de una personalidad mucho más compleja, en la que la generosidad no era la menor de las virtudes.
Tengo una laguna que no sé cuánto tiempo ocupa, seguramente muy poco, pero lo siguiente que recuerdo es que junto a José María empezamos a compartir reflexiones e ideas sobre la educación y, en consecuencia, a multiplicar nuestras actividades en Santo Toribio: colaboramos en el apoyo escolar, empezamos actividades de ocio con adolescencia además de las que ya existían, empezamos a generar dinámicas en el barrio con los grupos de adolescencia, que años más tarde nos darían pie a impulsar otros proyectos.
A menudo los sábados por la mañana íbamos juntos a librerías de segunda mano o los domingos al rastro a buscar cómics, libros de CF y de Fantasía, muchos de los que adquirió pasarían posteriormente a formar parte de la biblioteca de ST. Me es difícil olvidar cómo yo iba completamente forrado en invierno: gorro de lana, bufanda gruesa hasta los ojos, guantes lo más calentitos posible, jersey de lana de cuello alto sobre dos camisetas térmicas y bajo el plumas; mientras tanto, él caminaba alegremente en manga corta. Debíamos conformar una pareja al menos sorprendente. La gente de los puestos del rastro le ofrecían ropa de manera gratuita.
-«¿No tienes frío?»-, le preguntaban con incredulidad y sorpresa, ateridas entre sus mercancías a la venta.
-«Cuando lo hace», respondía a -4 grados centígrados. Más de una vez lo maldijeron.
Subyacente a estas labores y a estas anécdotas, surge una amistad entrañable. Siempre lleno de humor, no necesariamente alegre; siempre con ganas de aportar justicia desde la práctica; siempre en continua formación para reflexionar y compartir. Siempre dispuesto a la ayuda sincera y generosa, de igual a igual. Es difícil no apreciarlo y no admirarlo.
José María, Chema, no sé si ya te echo de menos, porque creo que todavía estás. Hay tantas cosas que tenemos que terminar, y tantas que emprender; no es algo que me pase a mí solo, he hablado con otras personas que te quieren y me dicen lo mismo: todo el tiempo, ante mil situaciones diarias, pensamos «esto seguro que lo sabe Chema» o «esto se lo tengo que contar a Chema», o «¡Mira qué libro! Este le va a gustar…».
He necesitado dos semanas para concretar y limitarme a estas líneas.
«Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé!», dijo el poeta. Dejemos trascendencias a un lado.
En tu ilusión por la vida, por tu saber estar en cualquier situación -bueno, en los conciertos no bailas, nadie es perfecto-, por luchar a favor de la justicia, por ver en cada persona una igual, por tu inesperada timidez, por tu prudencia, por tu capacidad de superación, por tu pragmatismo con límites éticos, por tu humor, por tu capacidad de acogida y de dejarte acoger, por tu capacidad para dejar espacio, por tu escucha, por tu empeño en transmitir de manera accesible todo tu saber…
Por muchas cosas que no caben en estas líneas y que se perciben cada vez que nos juntamos las personas que confiamos en ti y te queremos, seguimos. No es una promesa, sé que no querrías condicionarme de esa manera. Es un aliento.
Seguimos.
