Teatro-Corto «La frutería verde»

Contexto

La obra «La frutería verde» la escribí para desarrollar un taller de teatro con las personas que vivían en la Casa de Acogida Miguel Ruiz de Temiño durante el año 2013.

Es una obra muy sencilla, que prima el humor anecdótico sobre la trama, que apenas hay, y sirvió para trabajar una serie de habilidades y capacidades durante los dos meses que duraron los ensayos y la grabación. Estaba también enclavada en el proyecto de revista que durante años se ha llevado a cabo en la casa, de modo que el texto sirvió además para motivar a escribir y leer.

Las personas que vivían en la casa entonces presentaban características muy diferentes en cuanto a capacidades intelectuales y motóricas, así como una desmotivación sobresaliente. No voy a entrar a valorar causas ni historias de vida, pues ni me compete ni es relevante, solo constatar el hecho. Por otro lado, la relación con su propio cuerpo y con las demás personas era en su mayoría muy inadecuada.

Por ello, uno de los primeros aspectos que trabajamos fue la necesidad de cercanía –respetando en todo caso los límites que cada quien ponía– de los cuerpos y de control sobre el propio, con dinámicas motóricas individuales, en parejas y en grupos. También la voz fue necesario trabajarla, descubrir distintos registros y matices, aprender a proyectarla. La dimensión espacial, el darse cuenta de qué lugar se ocupa en cada espacio y los significados que pueden tener las posturas en la comunicación. Tal vez lo que más les sorprendió fue lo que ya sabían acerca del lenguaje no verbal, y que hasta ese momento no habían caído en la cuenta de que lo sabían; en un primer momento lo asumieron como algo «dado», como algo superfluo sobre lo que no hacía falta ni una palabra, pero poco a poco fueron asumiendo que era importante. El manejo de la cámara, el planeamiento de los espacios y de los (pocos) planos de las escenas, contribuyó a ello más que cualquier lección.

Finalmente, se representó un par de veces ante las hermanas que se encargan de atender la casa (una de ellas participó como actriz), y luego grabamos un vídeo que exhibimos de manera interna y también ante las visitas (y que subtitulamos, porque el sonido quedó francamente mejorable); fue muy emocionante cuando el grupo juvenil «Asómate», con el que tenían relaciones aquel año porque se encargaban del huerto y habían compartido juegos y futbolín durante meses, vino a presentarles su propio vídeo, y ellos compartieron el suyo.

Esa jornada, que de algún modo cerró un ciclo, terminó con una cena en el jardín en la que se consumieron los últimos productos del huerto (y muchas otras cosas).

Puesto que no tengo los permisos, ni tampoco me parece tan relevante el producto en sí frente al proceso, no adjunto en esta entrada ni el vídeo de la casa ni el de «Asómate».

«La frutería verde

Personajes:

–Tendero

–Señora que lleva la voz cantante (SVC)

–Señora que huele a regaliz (SHP)

–El que descarga

–Señora de la lechuga larga (SLL)

–Anciano (A)

–Chica joven

Interior de una frutería. Más larga que ancha. Un mostrador con cajas de fruta todo a lo largo, hasta el fondo, donde está el almacén. El tendero tras el mostrador, el resto al otro lado, alguno, más mayor, quizá sentado en un pequeño banco.

–Tendero: ¿Quién es el siguiente?

–SVC: El siguiente es el que viene después.

(Todos ponen ojos de admiración).

–Tendero: Muy bien, pero, ¿todos tienen número?

–SHR: Yo tengo el 26.

–SLL: Yo el 328.

–SVC: ¡Qué barbaridad! Esto exige una reorganización. Vamos a numerarnos. Yo soy el uno.

–SHR: Yo el dos.

–SLL: Yo el tres.

–Tendero: cuatro.

–D: cinco.

–Anciano: seis.

–Chica joven: Siete… (titubea) …pero esto no está bien… este señor (señala al anciano) lleva aquí más tiempo que nadie.

–SVC: Eso parece evidente, ¿eh, abuelo?

–CJ: Y usted ha llegado la última.

–SVC: Bueno, los últimos serán los primeros.

–A: Llevo aquí una eternidad.

–SVC: Más sabe el diablo por viejo que por viajero.

–SHR: Creo que eso no era así.

–SVC: ¿Qué sabrá usted, que huele a regaliz? ¿Está usted comiendo regaliz?

–SLL: ¡Vaya! ¿También tenemos que revelar intimidades? Mire, señor tendero, es mi turno, así que deme una lechuga.

–T: Sí, señora, no hay como ver a una persona decidida en este mundo para darse cuenta del verdadero significado de la autoridad. ¿Cómo la quiere, larga o rizada?

–SLL: Démela rizada, que para larga ya la tiene mi marido.

–SVC: ¿Es agricultor?

–SHR: ¡Señora!

–T (gritando a D): ¡Anda, tráeme la caja de las lechugas rizadas!

–CJ: Disculpe, abuelo, pero después de esta señora va usted.

–A: He olvidado lo que quería. La edad ya no es lo que era.

–SVC: ¿Y qué era?

–A: Quién se acuerda.

–SHR (al tendero): Disculpe, ¿tiene regaliz de palo?

–SVC: ¡Lo sabía! Mi olfato nunca falla.

–SLL: Sí, y ahora me dirá usted que tiene una gran intuición.

–SVC: Pues sí.

–CJ: ¿E intuye lo que pensamos de usted?

–SVC: La juventud, cada vez más deslenguada.

–CJ: ¿Deslenguada? ¡Mire! (le saca la lengua).

–A: Sí, ¡mire! (también le saca la lengua)

–SVC: ¡Qué barbaridad! Los extremos se juntan, es evidente.

–SHR: Pues los medios también (saca la lengua).

(Viene D con la lechuga)

–D: ¡Lechugas rizadas baratitas y fresquitas!

(Todos se apelotonan)

–SLL: Yo ya me voy contenta.

–T: ¿Quién es el siguiente?»

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